24 junio 2008

No se necesita mucho cerebro para formar parte de un grupo en Facebook


El periodista británico Tom Hodgkinson ha realizado una investigación acerca de la fama que ha logrado Facebook en los últimos meses. No niego que algunos dichos, a pesar de ser fuertes, me simpatizan bastante.

Hace más de un año me metí a Facebook por términos académicos. Ahora todo el mundo está. Yo sigo estando y visitando amigos, aportando con contenido, etc. Pero siento que hay algo que no está bien. Siempre cuando se produce un fanatismo por algo (equipo de fútbol, grupo musical o servicio de internet) algo no anda bien.

Es interesante el análisis de Hodgkinson. Algunas citas:

"Es un servicio que fomenta el individualismo para mantener un mayor control de la masa. Generalmente hace creer a los imbéciles que ellos son importantes y los lleva a cometer cualquier acto que los verdaderos interesados deseen efectuar sin una participación directa que los implique. Si pongo una buena foto mía con una lista de mis cosas favoritas, puedo construir una representación artificial de quién soy. También estimula una competitividad inquietante en la amistad: parecería que con los amigos la calidad no cuenta y la cantidad es reina”

“No se necesita mucho cerebro para formar parte del grupo y siempre te incentivan a reclutar más amigos. Vales por el número de ’amigos’ que reclutes."

Sólo quiero comentar algo personal. No pongo fotos de mis hijos en Facebook. No sé... más que por miedo al tema de la pedofilia es porque los amo tanto que prefiero dejarlos dentro de mi vida privada.

Ayer, un amigo me decía: "Es que a mucha gente le encanta poner fotos de sus hijos en Facebook, porque se quebran con eso. Compiten por el más lindo. Especialmente las mujeres".

¿Soy odioso a veces no? No amargado. Sí pesado.

Ver artículo en el blog de Hodgkinson

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19 junio 2008

El proyecto Telebicentenario


“Mijito ¿Qué tele me compro?”, me preguntó una tía abuela el fin de semana.


Traté de darle una charla de plasmas, elecedés y otros universos audiovisuales dignos de una cátedra. Pero le recomendé que si a ella le gustaba ver películas, mejor que se comprara un proyector y un telón. Así podía pasar el frío y lluvioso invierno disfrutando de “El amor en los tiempos de cólera” o “Los puentes de Madison”.


“No… no. Si ya decidí por un plasma. Lo que pasa es que no sé si comprarme una tele japonesa, una gringa o una europea”.


Recién ahí me di cuenta de que estaba nerviosa porque había leído algo sobre la decisión de la norma de televisión digital. Luego de hacer una segunda clase de lo que significaban estas normas. Las ventajas y desventajas de cada una y de la demora en el Gobierno en tomar una decisión, la noté que se puso más nerviosa.

Ver historia completa en Emol
Ver explicaciones del atraso en el Blog de la Subtel

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17 junio 2008

El sueño no cumplido de los polos



Hace unos días escribí una nota que, debo reconocer, partió de la desilusión que me ha provocado el fatídico proyecto de Parque Científico Tecnológico de Laguna Carén, cuyo timonel es la Universidad de Chile.

Durante mis 10 años de ejercicio en el periodismo, es la tercera vez que me tocaba realizar un reportaje sobre parques tecnológicos. Y es la tercera vez que la iniciativa ubicada en la comuna de Pudahuel la veo igual. Sí...claro, ha costado. Temas legales, temas de finaciamiento, temas medioambientales, etc. Pero en 10 años no existe ni siquiera una empresa que esté convencida de estar en ese posible "polo" tecnológico.

Y entrar al lugar es triste y agradable. Triste porque aún es sólo campo y nada de construcciones tecnológicas (aparte de calles y la entrada). Y Agradable porque es un muy bonito lugar para ir a escuchar aves autóctonas, mirar la cordillera y hacer algún asado dominguero. Y en medio del ágape, se puede sacar la cámara de fotos digital para retratar el momento. Eso será lo más tecnológico que encontraremos.

La verdad es que esta vez fue menos agradable tratar de hablar con la Fundación Valle Lo Aguirre, entidad ubicada en el exclusivo y financiero Barrio El Golf de Santiago, y creada sólo para "echar a andar" el proyecto. Llamé varias veces y finalmente me respondió de mala gana un ejecutivo que lo único que deseaba era que no siguiera haciéndole preguntas e insistía que si quería saber algo, me mandaba un folleto.
Lo único que hay es un tremendo proyecto inmobiliario en las cercanías.

Como sea, este es un tema complejo. Aparte de la iniciativa de la Corfo en Curauma, qué básicamente es un edificio de empresas tecnológicas, no prende el tema de los polos en Chile.

¿Por qué?... A ver si me ayudan. Yo tengo varias.

Acá se puede ver el artículo escrito en El Mercurio


PD1: A ver si me ayudan a buscar el sitio web oficial. A mi me costó.

Pd2: ¡¡Qué optimismo el de la
Fundación País Digital!! capaz que empiece a creerle a Fernando Flores.


Ver mapa más grande

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07 junio 2008

Reporteando fotograficamente desde Blogpower 2008

Me encuentro en medio del evento Blogpower 2008, que se esta llevando a cabo en el edificio Telefonica.

No tengo mucho tiempo de escribir, pero estoy subiendo fotos a mi FLICKR: www.flickr.com/ciberchasqui

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06 junio 2008

¿Monopolio o religión? Mi primera experiencia con el iPhone


Microsoft es símbolo de monopolio en muchos rincones tecnológicos del mundo. Y Bill Gates una especie de demonio del software. Pero mi reciente visita a Estados Unidos me hizo pensar que su archienemigo digital, Apple, también tiene su lado oscuro.

Uno de mis principales objetivos fuera del evento al que fui invitado (Javaone) a San Francisco, era comprarme el iPhone. Ese icono venerado por tantos. Mezcla de teléfono, iPod, computador y PDA. Y… por supuesto: de Apple.

La primera reacción al verlo fue de ansiedad. De deseo. Creo que estaba peor que mis hijos en una juguetería para Navidad. Entré a la Apple Store y lo primero que vi fueron dos mesones gigantes con varios iPhone en exhibición.

Se podían tocar. Revisar. Jugar. Saqué fotos, hice llamadas, escuché música y revisé el tiempo de California y Santiago, conectándome a la red WiFi local. La ansiedad seguía. Al mi lado derecho había un “nerd” y al otro lado una especie de punk pokemón (si es que existe esa mezcla). Al frente un ejecutivo de cuello y corbata y más allá una estudiante. Todos babeaban. Tenían los ojos fijos. Inmensos. Imantados en la pantalla.

Entonces me acordé de la parodia del Gran Hermano que hizo Apple el año 1984. En ella mostraba cómo miles de personas estaban amarradas bajo la tecnología de IBM. Y cómo de pronto, uno de ellos se revelaba de todo y cambiaba a Apple. Rompía con la tiranía. ¿No será que Apple se está transformando también en un Gran Hermano? Es tal el fanatismo de los norteamericanos por sus iPod y ahora por los iPhone que casi no los deja respirar. Venden iPod en los aeropuertos. Existen accesorios hasta en los kioscos. Y los dueños aman sus iPod. Y ahora… aman sus iPhones.

Los productos de la manzana mordida se están transformando en un culto casi peligroso. La publicidad y las expectativas por un pedazo de tecnología tiene ribetes insanos. Como sea, yo también empecé a enfermarme en San Francisco. La Apple Store quedaba a dos cuadras de mi hotel. Cada vez que salía, me daba 15 minutos para ir a mirar y venerar al iPhone.

Una semana de religiosidad total. Ni en Santiago voy a misa todos los días. Incluso, los vendedores del local ya me conocían. Un día, se me acercó uno y me preguntó. “¿Se decidió? ¿Va a comprar o no el iPhone?”. “¡Sí!”- le dije- “Pero el último día (como buen chileno), porque estoy esperando que me llegue una plata para pagarlo al contado”.

Me miró con lástima. “No señor. Los que tenemos acá son sólo exhibición. No hay disponibles en stock. Llegan a las 10:00 de la mañana y se van en media hora”.

Casi me desmayo. Me quedaba sólo el día de mañana y justo a esa hora tenía una entrevista. Estaba triste. San Jobs no me ayudaba. Había peregrinado hasta La Meca de los iPhone y no podría venerar a mi deidad. Afortunadamente un colega peruano que también había ido al evento tenía tiempo al día siguiente. É iría a hacer la fila. Amablemente se ofreció a comprarme el mío.

Al otro día, cada cinco minutos le recordaba al colega que no se olvidara de llegar temprano. Él estaba tranquilo. Tenía fe en San Jobs y en el culto a la manzana mordida. Durante esa mañana me costó concentrarme en las entrevistas. No sé que tomé de desayuno. Pensaba en el iPhone.

Eran las 12:00 y no llegaba mi correligionario de Perú. Salí a buscarlo. Atento a toda la gente que caminaba en la calle, para ver si lo veía. Llegué a la Apple Store y no estaba. Volví al evento y ahí lo encontré. Con la caja negra que contenía mi iPhone de 16 GB.

Ya nada importaba. Tenía el hueso del santo. Me contó la fila que tuvo que hacer y de cómo la gente se llevaba de a tres o cuatro iPhone. Se acabaron justo después que el compró el suyo y el mío. La buena estrella de Apple me acompañaba.

¿No es esta veneración peor que un monopolio? ¿No es acaso más tóxico?

En fin, llegué a la pieza del hotel y lo puse a cargar. Pero estaba bloqueado. Sólo permitía llamadas de emergencia y no dejaba entrar a ninguna aplicación. Pero tenía paciencia. Llegando a Chile lo pude desbloquear. Lo recorrí entero. Baje programas. Le cargué música. A las 20 horas de desbloqueado se me quedó pegado. No respondía. ¡No funcionaba! Y obvio… al desbloquearlo perdí la garantía.

Lección: es mejor no seguir una religión tecnológica. Finalmente el iPhone es un bonito juguete.

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Ver artículo original en El Mercurio

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