06 junio 2008

¿Monopolio o religión? Mi primera experiencia con el iPhone


Microsoft es símbolo de monopolio en muchos rincones tecnológicos del mundo. Y Bill Gates una especie de demonio del software. Pero mi reciente visita a Estados Unidos me hizo pensar que su archienemigo digital, Apple, también tiene su lado oscuro.

Uno de mis principales objetivos fuera del evento al que fui invitado (Javaone) a San Francisco, era comprarme el iPhone. Ese icono venerado por tantos. Mezcla de teléfono, iPod, computador y PDA. Y… por supuesto: de Apple.

La primera reacción al verlo fue de ansiedad. De deseo. Creo que estaba peor que mis hijos en una juguetería para Navidad. Entré a la Apple Store y lo primero que vi fueron dos mesones gigantes con varios iPhone en exhibición.

Se podían tocar. Revisar. Jugar. Saqué fotos, hice llamadas, escuché música y revisé el tiempo de California y Santiago, conectándome a la red WiFi local. La ansiedad seguía. Al mi lado derecho había un “nerd” y al otro lado una especie de punk pokemón (si es que existe esa mezcla). Al frente un ejecutivo de cuello y corbata y más allá una estudiante. Todos babeaban. Tenían los ojos fijos. Inmensos. Imantados en la pantalla.

Entonces me acordé de la parodia del Gran Hermano que hizo Apple el año 1984. En ella mostraba cómo miles de personas estaban amarradas bajo la tecnología de IBM. Y cómo de pronto, uno de ellos se revelaba de todo y cambiaba a Apple. Rompía con la tiranía. ¿No será que Apple se está transformando también en un Gran Hermano? Es tal el fanatismo de los norteamericanos por sus iPod y ahora por los iPhone que casi no los deja respirar. Venden iPod en los aeropuertos. Existen accesorios hasta en los kioscos. Y los dueños aman sus iPod. Y ahora… aman sus iPhones.

Los productos de la manzana mordida se están transformando en un culto casi peligroso. La publicidad y las expectativas por un pedazo de tecnología tiene ribetes insanos. Como sea, yo también empecé a enfermarme en San Francisco. La Apple Store quedaba a dos cuadras de mi hotel. Cada vez que salía, me daba 15 minutos para ir a mirar y venerar al iPhone.

Una semana de religiosidad total. Ni en Santiago voy a misa todos los días. Incluso, los vendedores del local ya me conocían. Un día, se me acercó uno y me preguntó. “¿Se decidió? ¿Va a comprar o no el iPhone?”. “¡Sí!”- le dije- “Pero el último día (como buen chileno), porque estoy esperando que me llegue una plata para pagarlo al contado”.

Me miró con lástima. “No señor. Los que tenemos acá son sólo exhibición. No hay disponibles en stock. Llegan a las 10:00 de la mañana y se van en media hora”.

Casi me desmayo. Me quedaba sólo el día de mañana y justo a esa hora tenía una entrevista. Estaba triste. San Jobs no me ayudaba. Había peregrinado hasta La Meca de los iPhone y no podría venerar a mi deidad. Afortunadamente un colega peruano que también había ido al evento tenía tiempo al día siguiente. É iría a hacer la fila. Amablemente se ofreció a comprarme el mío.

Al otro día, cada cinco minutos le recordaba al colega que no se olvidara de llegar temprano. Él estaba tranquilo. Tenía fe en San Jobs y en el culto a la manzana mordida. Durante esa mañana me costó concentrarme en las entrevistas. No sé que tomé de desayuno. Pensaba en el iPhone.

Eran las 12:00 y no llegaba mi correligionario de Perú. Salí a buscarlo. Atento a toda la gente que caminaba en la calle, para ver si lo veía. Llegué a la Apple Store y no estaba. Volví al evento y ahí lo encontré. Con la caja negra que contenía mi iPhone de 16 GB.

Ya nada importaba. Tenía el hueso del santo. Me contó la fila que tuvo que hacer y de cómo la gente se llevaba de a tres o cuatro iPhone. Se acabaron justo después que el compró el suyo y el mío. La buena estrella de Apple me acompañaba.

¿No es esta veneración peor que un monopolio? ¿No es acaso más tóxico?

En fin, llegué a la pieza del hotel y lo puse a cargar. Pero estaba bloqueado. Sólo permitía llamadas de emergencia y no dejaba entrar a ninguna aplicación. Pero tenía paciencia. Llegando a Chile lo pude desbloquear. Lo recorrí entero. Baje programas. Le cargué música. A las 20 horas de desbloqueado se me quedó pegado. No respondía. ¡No funcionaba! Y obvio… al desbloquearlo perdí la garantía.

Lección: es mejor no seguir una religión tecnológica. Finalmente el iPhone es un bonito juguete.

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Ver artículo original en El Mercurio

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